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Catherine Lamacque, La Marianne (símbolo de la República)

Catherine Lamacque, La Marianne (símbolo de la República)

 

El feminismo pone en escenario un ejemplo primordial de antagonismo: al hombre, susceptible de enemistad por su diferencia, se le toleraría en la medida en que debe ser construido por la mujer como objeto de deseo para que otra generación pueda producirse. La otra forma de explicar la misma historia viene siendo contarla desde el punto de vista del hombre, a partir del cual dios habría creado la mujer para que no estuviera solo y se multiplicaran como las demás especies. Pero hay otras formas aún, que suelen quedar implícitas u ocultas. Incluso partiendo del segundo relato bíblico de la creación, la anterioridad del hombre no parece especialmente halagüeña. Dios lo crea porque nada de lo que había creado antes se le parece suficientemente y, al ver que ese reflejo se encuentra solo, lo divide de tal forma que el resultado de esa división es más perfecto que el dividendo. Así pues, el mito no aclara si la mujer es la última creación y por ello la más perfecta, y la indicación de que ambos forman una sola carne no hace sino desviar la atención del hecho de la división que le toca a cualquiera por el mero hecho de hablar, ya sea hombre o mujer.

La serpiente no crea enemistad relativamente a dios, sino que no se conforma con la monarquía del orden establecido e invita a la desobediencia, con lo que obtiene la enemistad de dios. Aún así, se trata de un dios más civilizado que el hombre, al menos hasta el diluvio, pues castiga a su adversario pero no lo mata, mientras Caín sí matará a su hermano. En la Torá, el primer homicidio llevado a cabo por una mujer hay que buscarlo en Judit, quién, de forma premeditada, seduce al jefe del pueblo adversario, Holofernes, y le corta la cabeza. El carácter premeditado de este asesinato retoma el aspecto racional de la invitación a comer el fruto del árbol proibido, aunque el resultado pueda parecer irracional (matar al otro) o desproporcionado (perder el paraíso). En ambos casos – pena capital y cadena perpetua – se trata de un resultado penal en un mundo que no cuenta todavía con las instituciones jurídicas modernas, sobre todo tras las revoluciones liberales que trajeron la redacción de los derechos humanos y el ideario republicano que influenció las primeras realizaciones legales de la fantasía republicana en Francia, Inglaterra y Estados Unidos de América.

Es lícito pensar que a la República se le representa como una mujer – más concretamente una mujer semidesnuda – porque quienes la fantasean y describen sus atributos son varones, de tal modo que la identifican con su objeto de deseo más universalizable. El deseo homosexual aperece reprimido en esa narrativa, aunque las estructuras de poder padezcan en aquél entonces, y por muchos años, la misma ausencia de mujeres que el clero y la masonería. A semejanza del racismo inherente a la identificación del negro con la virilidad, que pone de relieve una supuesta potencia sexual para generalizar el primado de la dimensión genital y definirlo como esencialmente sexual – es decir, no racional –, la feminización de la república – y luego, más sutilmente, de la democracia – responde, desde la misoginia que permite plantearla, a una puesta en relieve del carácter objetal de la mujer, deseable e inofensiva, representante no representativo y no representado ya que tendrían que ser las mujeres las que constituirían los movimientos sufragistas para demostrar, desde una posición subalterna (como luego recordará Gayatri Spivak en otro contexto), que no eran intelectualmente inferiores a los hombres y tenían el mismo derecho a participar del ejercicio democrático, primero como votantes, luego como candidatas. Es un proceso verdaderamente humillante en el que las mujeres pocas veces encuentran aliados entre los hombres, y en el que éstos, cuando se alían a causas asumidas como feministas, son frecuentemente tachados de homosexuales desde el más arraigado rencor homofóbico. Es aquí donde la homofobia, respuesta defensiva al celo de la hombría heteronormativa, se encuentra con la necesidad republicana, luego democrática, de erotizar a la mujer, ya que la puesta en relieve de su carácter de objeto no solo sexual sino hogareño, al servicio del hombre, permite abortar a la mujer como sujeto político e invisibilizar la desigualdad, la falta de libertad y de fraternidad fundamentales para esa República diseñada por hombres.

Si la homofobia y la misoginia permiten sostener los fantasmas de la fraternidad y de la igualdad, lo que sostiene el fantasma de la libertad es la actuación de la superioridad. Las defensas homofóbica y misógina parecen todavía circunscritas a los ámbitos de la relación al objeto de deseo y a la construcción de la identidad de género, pero la actuación de la superioridad, que también es una defensa – respuesta desde una creencia no contrastada del Yo –, es fácilmente aplicable a los círculos de poder. Esto sucede porque la libertad es Real. ¿Quiere decir esto que realmente somos libres, o que podemos serlo si nos sometemos, paradójicamente, a un Amo que nos lo promete? Por supuesto que no. La libertad es Real porque, como lo Real, es del orden de lo posible y de lo necesario, pero también de lo contingente y de lo imposible.

Solo se puede encontrar alguna verdad en que la democracia sea el mejor de los sistemas de gobierno si, por ejemplo, por analogía con el relato de la creación, se entiende la democracia como la mujer, que sería lo mejor que un conocimiento enajenado – en un Otro – pudo producir. En cualquier caso, la democracia es una formación de compromiso, el último intento de la civilización pero no por ello un sistema satisfactorio, ya que no contempla al deseo. Y a menudo el deseo le pone trabas a la libertad, antes que conducir a ella. Es entonces cuando el sujeto del inconsciente, que no tolera la enajenación del conocimiento en un Otro que lo posee, viene por su pie hacer la insinuación clave: el que os impuso la ley, lo hizo para que no seáis como él. Y lo que hay que hacer para ser como él, para bien y para mal, con la tragedia que ello conlleva pero también con el despertar que eso hace posible, es comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, es decir, de una consciencia más completa, crítica. En este sentido, ese árbol representa el lugar sagrado de una ley que será cuestionada y violada por la serpiente, ese bicho al que dios, por supuesto, condenaría al reptilismo, pero que antes – quizás; no está escrito – pudo ser bípede como el hombre y la mujer.

De este modo, hay que contar no solo con la división introducida por el lenguaje en el hablante, independientemente del género que hable, sino además con un Inconsciente que dice otra cosa. Esto es lo que me lleva a cuestionar dos desarrollos discursivos, concretamente en el feminismo y en politología.

El primero tiene que ver con la forma cómo ciertos discursos que parecen feministas asumen una serie de falacias de lo fálico, entre las cuales: el valor del éxito profesional; el pensamiento positivo (o la dictadura de parecer que a una todo le va bien); el préstamo del lenguaje beligerante del patriarcado, dejándole a éste el camino libre a representarse como pacifista; la celebración de estéticas de emancipación sin correspondencia real en condiciones laborales y económicas que garanticen un verdadero “empoderamiento”, como suele decirse ahora. Lo que se pretende liberador se vuelve asfixiante y servicial, y le sirve en bandeja al capitalismo una nueva horda de competentes empleadas y sacrificadas empresarias.

El segundo, que lo complementa a perfección, hiere el corazón de los pocos proyectos políticamente diferenciados, que parecían innovar por el carácter horizontal de sus gobiernos asamblearios. Al desconocer el espacio de subjetividad, que pone en juego deseos de los que ningún representante sabe hacerse cargo, esos partidos fácilmente se convierten en aparatos clásicos verticales ante la dificultad de percibir y conservar la productividad del conflicto asambleario. Sin embargo la asamblea científica, lugar donde hablar con conocimiento, es quizás el único dispositivo de realización de antagonismos que permite profundizar en el sentido de lo que se viene llamando inteligencia colectiva y que podría ser también un saber del Inconsciente puesto en transferencia descontrolada.

¿Qué hacer con ello? Quizás habría que volver a empezar, ya no desde cero, por el mismo tipo de pregunta que hace falta en un cierto feminismo: ¿que yo me identifique como mujer me permite dar por hecho el género de mi discurso y el carácter liberador de mis demandas y de mis acciones? ¿Que yo hable en primera persona del singular me permite dar por hecho que sé de qué estoy hablando y que mi discurso es liberador y puede devenir acción revolucionaria? ¿Y seré yo capaz de empezarla?

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