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Roy Lichtenstein, Revolver (versión para una portada de la revista Time de 1968)

Roy Lichtenstein, Revolver (versión para una portada de la revista Time de 1968)

La guerra aparece entonces como una terrible condición de verdad. Quiero decir que el devenir histórico parece demandar convulsiones sociales y estallidos de violencia que sobrepasen aquellas formas cotidianas o muy frecuentes de violación sistemática (endémica al sistema) tanto en intensidad como en extensión, pero de forma más cuantitativa que cualitativa, excepto… excepto cuando la excepcionalidad de la violencia ya no está solo bajo el control de la soberanía institucional sino que se produce dialécticamente un vertido de soberanía en la estructura que hace posible la transición del estado policial (violencia piramidal) hacia un estado de excepción (violencia viral). En ese momento crítico de cuestionamiento sistemático de los poderes fácticos, ya que el poder efectivamente se derrama hacia el Otro, también las representaciones de la violencia legítima pierden su monopolio porque los súbditos dejan de actuar estrictamente como tales: aún si su acción violenta se puede describir como una respuesta a un abuso continuado de poder por parte de las instituciones, la obediencia y el orden necesarios quedan en suspensión porque la acción toma el lugar de cualquier palabra; y el nombre de ese asalto al significante es, propiamente hablando, el terror.

Resulta evidente que el terrorismo no es un discurso contra el Amo sino un discurso del Amo para estigmatizar el único ámbito de acción que ha dejado libre, quizás inadvertidamente, al otro. Para comprender el terrorismo hay que descartar el sentido “común” fabricado por los medios del poder, que es la causa velada del terror. En términos globales, el periodismo fue substituido por una industria de producción de contenidos para que la verdad pudiera aparecer como aquello consistente y verificable, es decir, llevada al dominio de la coincidencia. La prensa fabrica, bajo el imperio de lo visible, el consenso aparente de aquello que se puede observar. En la sociedad del “yo no pienso”, ese consenso falsificado crea una consistencia más que suficiente, cuando justamente el modelo científico dominante (el paroxismo de una objetividad sin sujeto) hace posible y hasta deseable esa dimisión del pensamiento. Esto es justamente lo que reconozco en la propuesta de Chantal Mouffe cuando señala “el rol de las relaciones de poder en todas las formas de objetividad” (On the Political 54).

Pero verdad y efecto de verdad no son lo mismo. La verdad hace su aparición cuando el muro que protege al Yo del Otro vuelve a descubrir su función especular. Es lo que ocurre cuando el Otro adquiere consciencia suficiente para devolver al poder instituido como Yo (la identidad oculta del sistema) esa misma imagen de poder deslucida por el efecto de contingencia, pero no por ello menos amenazadora. Es entonces cuando el poder activa sus defensas, primero a través del dispositivo discursivo, representando al otro como enemigo, identificándolo con el mal, acusándole de terrorismo, y enseguida, ya reiterado el consenso que reafirma la violencia del poder como la única legítima, se abre la vía de persecución, la limpieza étnica, genocidio. Que el poder hable de terrorismo es un síntoma de la aparición del Otro, que tiene el mismo derecho a la violencia – o más, porque la utilizará para defender lo que el Estado capitalista expolia o destruye. Podemos decir entonces que el terrorismo es la construcción del Otro como terrorista en la medida en que el Estado policial, a diferencia de otras organizaciones terroristas, jamás reivindicará el ataque a las libertades fundamentales ni abdicará de su arsenal bélico, panóptico y biopolítico.

Siguiendo el desarrollo crítico que hace Mouffe de la dialéctica hegeliana, se entiende que el poder es a la vez una lacra, porque contiene el germen devastador de la guerra, y una contingencia, porque el nivel de consciencia subjetiva en nuestras sociedades es tan poco relevante para el conjunto global que solo queda la opción, para quienes piensan, de lograr cierto equilibro entre adaptación y subversión, entre el conocimiento de la ley con toda su injusticia y el ejercicio del fraude como objeción de consciencia:

“La diferencia fundamental entre las perspectivas ‘dialógica’ y ‘agonista’ es que lo que busca la segunda es una profunda transformación de las relaciones de poder existentes y el establecimiento de una nueva hegemonía.” (52)

La dimisión del pensamiento y, por consiguiente, el abandono de este desafío a las posiciones de poder establecidas que es el agonismo conllevan dos peligros reconocibles por sus modos de hablar perverso y psicótico. El primero es dejarse seducir por la promesa del Amo de ser como Él; el segundo (un resorte de la forclusión) es creer que “ellos” son el Otro conspirador y quedarse rehén de esa creencia. A estos dos peligros corresponden dos estrategias ciertamente neuróticas pero que pueden en algún momento ser atravesadas: no creerse e incluso burlarse de las promesas del Amo, y no perder de vista que “ellos” no son un enemigo sino un adversario al que hay que exigir por todos medios que se presente.

“Desde nuestro punto de vista, la construcción de una nueva hegemonía implica la creación de una ‘cadena de equivalencia’ entre la diversidad de las luchas democráticas, las de siempre y las nuevas, de modo a formar una ‘voluntad colectiva’, un ‘nosotros’ de las fuerzas radicalmente democráticas. Esto solo puede ser llevado a cabo mediante la determinación de [quiénes son] ‘ellos’, el adversario al que hay que derrotar para que la nueva hegemonía sea posible.” (53)

La cuestión no es destruir sino derrotar, no es exterminar – como nos lo están haciendo – sino determinar – quiénes lo están haciendo, con sus nombres y apellidos. No se puede acabar con “ellos” porque no hay ningún muro que separe al Yo del poder, pero se les puede desautorizar en la medida en que nosotros reconozcamos cuáles son y dónde están nuestras armas y asumamos nuestro poder no como un derecho democrático sino como un deber fundamental.

Time

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