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Pierre Auguste Renoir, Almuerzo en el Restaurante Fournaise (Le déjeuner au bord de la rivière - Les Canotiers), 1879. Detalle.

Pierre Auguste Renoir, Almuerzo en el Restaurante Fournaise (Le déjeuner au bord de la rivière – Les Canotiers), 1879. Detalle.

 

La carretera iba entre campos y a lo lejos, a veces, se veían sierras. Era el principio de septiembre y la mañana se alargaba a través de la tierra, vasta de luz y plenitud. Todas las cosas parecían encendidas.

Y, dentro del coche que los llevaba, la mujer dijo al hombre:
– Es el medio de la vida.
A través de los cristales, las cosas huían hacia atrás. Las casas, los puentes, las sierras, los poblados, los árboles y los ríos huían y parecían devorados uno tras otro. Era como si la misma carretera se los tragara.
Surgió una encrucijada. Allí giraron a la derecha. Y siguieron.
– Tenemos que estar llegando – dijo el hombre.
Y siguieron.
Árboles, campos, casas, puentes, sierras, ríos, huían hacia atrás, resbalaban hacia lejos.
La mujer miró inquieta a su alrededor y dijo:
– Tenemos que estar equivocados. Tenemos que haber venido por un mal camino.
– Tiene que haber sido en la encrucijada – dijo el hombre, parando el coche. – Giramos hacia Ponente, tendríamos que haber girado a Naciente. Ahora hay que volver a la encrucijada.
– La mujer reclinó la cabeza y vio cuanto el Sol había subido ya en el cielo y cómo las cosas estaban perdiendo despacio su sombra. Vio además que el rocío ya había secado en la hierba a las orillas de la carretera.
– Vámonos – dijo ella.
El hombre giró el volante, el coche dio media vuelta en la carretera y volvieron hacia atrás.
La mujer, cansada, cerró un poco los ojos, recostó la cabeza en el banco y se puso a imaginar el lugar hacia donde iban. Era un lugar adonde nunca habían ido. Ni siquiera conocían a nadie que hubiera estado allá. Solamente lo conocían del mapa y de oír hablar. Se decía que era un lugar maravilloso.
Ella pensó que la casa debía ser silenciosa, llena de paz y blanca, rodeada de rosales; y pensó que el jardín debía ser grande y verde, recorrido de murmurios.
Y alguien le había dicho que en el jardín pasaba un río claro, brillante, transparente. En el fondo del río se veía la arena y se veían las pequeñas piedras blancas y pulidas. En los márgenes crecía hierba fina, mezclada con trébol. Y árboles de copa redonda, cargadas de fruto, crecían en ese prado.
– Tan pronto lleguemos – dijo ella –, nos bañaremos en el río.
– Nos bañamos en el río y después nos echamos a descansar sobre el césped – dijo el hombre, siempre con los ojos fijos en la carretera.
Y ella se imaginó con sed el agua clara y fría envolviendo sus hombros, e imaginó el césped donde se echarían los dos, lado a lado, bajo la sombra del follaje y de los frutos. Allí se detendrían. Allí tendrían tiempo para reposar los ojos en las cosas. Allí habría tiempo para tocar las cosas. Allí podrían respirar despacio el perfume de los rosales. Allí todo sería demora y presencia. Allí habría silencio para escuchar el murmurio claro del río. Silencio para decir las graves y puras palabras cargadas de paz y alegría. Allí nada les faltaría: el deseo sería estar allí.
A través de los cristales, campos, pinares, montes y ríos huían hacia atrás.
– Tenemos que estar llegando a la encrucijada – dijo el hombre.
Y siguieron.
Ríos, campos, pinares y montes. Y pasó media hora.
– Ya tendríamos que haber llegado a la encrucijada – dijo el hombre.
– Seguramente nos hemos equivocado en el camino – dijo la mujer.
– No podemos habernos equivocado – dijo el hombre –, no había otro camino.
Y siguieron.
– La encrucijada ya debería haber aparecido – dijo el hombre.
– ¿Qué vamos a hacer? – preguntó la mujer.
– Seguir adelante.
– Pero nos estamos perdiendo.
– No veo otro camino – dijo el hombre.
Y siguieron.
Encontraron ríos, campos, montes; atravesaron ríos, campos, montes; perdieron ríos, campos, montes. Los paisajes huían, sacados hacia atrás.
– Nos estamos perdiendo cada vez más – dijo la mujer.
– Pero donde hay otro camino? – preguntó el hombre.
Y paró el coche.
A mano izquierda había una gran planicie vacía; a mano derecha una colina cubierta de árboles.
– Subamos a la cima de la colina – dijo el hombre. – Desde allá se avistarán todos los caminos alrededor.
Subieron a la cima de la colina y no avistaron ninguna carretera; pero sí un cavador escavando en una huerta.
Caminaron hacia él y le preguntaron si conocía el camino hacia la encrucijada.
– Lo conozco – dijo el cavador –, es para allá.
– ¿Puedes guiarnos hacia allá?
– Sí puedo, pero antes tengo que acabar este riego para que pase el agua. Tardo poco.
– Nosotros esperamos – dijo el hombre.
– Tengo sed – dijo la mujer.
– Allá detrás de los peñascos – dijo el cavador, señalando – hay una fuente. Id allá a beber mientras yo acabo el riego.
Caminaron en la dirección que el cavador había señalado y detrás de los pinares encontraron la fuente.
La fuente caía de lo alto y se clavaba en la tierra, recta, limpia y brillante como una espada.
Allí bebieron y se quedaron con la cara y los cabellos salpicados de gotas, se rieron de alegría en la frescura del agua, olvidaron el cansancio, el camino perdido, el viaje. La mujer se sentó a su lado y los dos permanecieron algunos momentos dándose la mano, inmóviles y callados.
Luego un pájaro vino a posarse cerca de la fuente y el hombre dijo:
– Tenemos que irnos.
Se levantaron y cogieron el camino de la huerta, buscando al cavador.
Pero al llegar a la huerta el cavador no estaba allá. Vieron el agua corriendo por los riegos; vieron el perejil y la hierbabuena creciendo lado a lado; pero no vieron al cavador.
– No ha querido esperar – dijo el hombre.
– ¿Por qué nos ha mentido?
– Quizás no quisiese mentir. Quizás no pudiese esperar. O quizás se olvidase de nosotros.
– Y ahora ¿qué? – preguntó la mujer.
– Volvemos al coche y seguimos la dirección que él ha señalado hace poco.
Subieron y bajaron la colina hacia el coche, pero cuando llegaron a la carretera el coche había desaparecido.
– Tenemos que estar equivocados; tenemos que haber venido en otra dirección.
– O alguien nos ha robado el coche.
– ¿Donde estará el cavador?
– Quizás haya ido a la fuente a buscarnos.
– Tenemos que encontrar a alguien – dijo la mujer.
– Vayamos otra vez a la fuente; seguramente el cavador se ha ido para allá.
Y de nuevo se pusieron en marcha.
Subieron y bajaron la colina; atravesaron la huerta.
Olía a hierbabuena y a tierra regada. Pero del otro lado de los peñascos no encontraron la fuente.
– No era aquí – dijo el hombre.
– Era aquí – dijo la mujer. – Era aquí. Tengo miedo. Volvamos rápido a la carretera.
Y se fueron por la carretera a buscar el coche.
– ¿Qué vamos a hacer? – preguntó la mujer.
– Alguien tendrá que pasar – contestó el hombre.
Siguieron por la carretera. El Sol seguía subiendo en el cielo.
– Estoy cansada – dijo la mujer.
– En cuanto lleguemos a la tierra hacia dónde vamos, descansarás, tendida en el césped, bajo la sombra de los árboles y de los frutos.
– Tenemos que encontrar deprisa el camino – dijo la mujer.
A lo lejos, entre pinares, surgió una casa.
– Vamos hasta allá – dijo el hombre –. Quizás esté alguien que sepa indicarnos el camino.
Habría una brisa ligera y los pinos ondulaban.
Llamaron a la puerta de la casa. Nadie contestó. Escucharon y les pareció oír voces. Volvieron a llamar. Nadie contestó. Esperaron. Llamaron de nuevo, golpeando fuerte, a espacios, nítidamente, despacio. Los golpes resonaron. Nadie contestó.
Entonces el hombre avanzó el hombro derecho y arrambló la puerta. Pero la casa estaba vacía.
Era una pequeña casa de payeses. Una casa desnuda, donde sólo estaban escritos los gestos de la vida. Había una cocina y dos dormitorios. En un relieve de la pared de cal estaba colgada una imagen; delante de la imagen ardía una lamparilla de aceite de oliva; al lado, alguien había colocado un ramo de flores bendecidas en Pascua.
No había nadie en la cocina. No había nadie en los cuartos. No había nadie en la parte de atrás, donde secaba la ropa, colgando del alambre, gesticulando en la brisa.
En el horno la ceniza aún estaba caliente y sobre la mesa había vino y pan.
– Tengo hambre – dijo la mujer.
– Se sentaron y comieron.
– Y ahora ¿qué? – preguntó la mujer.
– Vamos a volver otra vez a carretera y seguir – dijo el hombre.
Salieron y cruzaron el pinar. Pero la carretera había desaparecido.
– Tengo miedo – dijo la mujer. Ahora tengo siempre cada vez más miedo. Todo desaparece.
– Estamos juntos – dijo el hombre.
– Pero ¿qué vamos a hacer sin carretera?
– Vamos a volver a la casa – dijo el hombre – y esperaremos allá hasta que los dueños lleguen y nos enseñen el camino y nos ayuden.
Y cruzaron de nuevo los pinares. Pero en el lugar donde había estado la casa ahora sólo había un pequeño claro de bosque y piedras esparcidas.
Los dos enmudecieron. Después la mujer se dejó tumbar en el suelo y, tendida entre las piedras, lloró con la cara apoyada en la tierra.
– Vámonos – dijo el hombre.
– ¿Adónde? – preguntó ella.
– Tendremos que encontrar un camino cualquiera.
– ¿Para qué? Perdemos todo lo que encontramos.
El hombre se arrodilló al lado de la mujer y limpió en su cara las lágrimas y la tierra.
Después la levantó y los dos siguieron adelante.
Atravesaron el pinar y encontraron un campo.
Pero no se veía ningún camino.
En medio del campo había un manzano cargado de manzanas rojas, pulidas y redondas.
– ¡Son lindas! – dijo la mujer.
Cogió una para sí misma y otra para el hombre. Se sentaron los dos en las hierbas finas bajo la sombra sosegada del árbol y la carne tersa, fresca y limpia de la manzana crujió entre sus dientes.
Ya principiaba la tarde, y en el día lleno de luz, acostados al duro tronco oscuro y rugoso, descansaron en silencio, oyendo solamente el levísimo rumor de la tierra bajo el sol.
Después el hombre dijo:
– Vámonos.
Se levantaron y siguieron.
Ya al extremo de aquel campo, junto a la veda que lo separaba de otro campo, la mujer exclamó:
– Tendríamos que haber cogido algunas manzanas para traer. No sabemos dónde estamos, ni cuanto tendremos que caminar hasta que volvamos a encontrar algo de comer.
– Es verdad. – respondió el hombre.
Y, volviendo atrás, anduvieron hasta el manzano que en medio del campo se dibujaba redondo.
Sin embargo, cuando llegaron cerca del árbol, vieron que en los ramos, entre las hojas, todos los frutos habían desaparecido.
– Alguien ha pasado por aquí, ha pasado sin que le viéramos y ha cogido todas las manzanas – dijo el hombre.
– Ah! – se exclamó la mujer – ¡tan deprisa! ¡Tan deprisa desaparece todo! Encontramos las cosas. Están allí. Pero al volver ya han desaparecido. Y ni sabemos quién las ha deshecho y se las ha llevado.
Bajando la cabeza retomaron en silencio el camino.
Atravesaron sucesivos campos pero no encontraron a nadie que les guiara y les respondiera. Junto a una veda vieron en el suelo un tarro de corcho y un cántaro de barro.
La mujer destapó el tarro y aguaitó hacia adentro del cántaro.
– Están vacíos – dijo ella.
– ¿Dónde estará el dueño?
Miraron alrededor pero no se atisbaba nadie. Llamaron, nadie respondió.
– Quizás esté del otro lado de la veda – dijo la mujer.
Atravesaron la veda pero del otro lado no vieron a ningún hombre. Vieron solamente un pequeño arroyuelo que corría casi escondido entre tréboles y berro. Arrodillados lavaron las manos y la cara. En el hueco de sus manos la mujer dio de beber al hombre.
– Si hubiésemos traído el cántaro – dijo ella – nos podríamos llevar agua.
Y también podríamos llevar frutos en el tarro. Vamos a buscar el cántaro y el tarro.
Atravesaron la veda.
Pero el cántaro estaba roto y el tarro estaba todo roído.
– ¿Quién la habrá roto?
– Quizás la brisa o algún animal al pasar.
– ¿Quién lo habrá roído?
– Los ratos, las serpientes, los perros salvajes.
– Rotos y roídos ya no sirven.
– Vámonos deprisa – dijo la mujer.
Era ya la mitad de la tarde cuando vieron una gran floresta, de cuya orla partía una vereda.
– Vamos por la vereda. Yendo por aquí tendremos que encontrar gente. Las veredas están hechas para que las personas pasen. Las veredas están hechas para llevar hacia los lugares donde hay gente.
Y entraron en la floresta.
Carvallos, castaños, tilas y abedules, cedros y pinos cruzaban sus ramos. Grandes rayos de luz oblicua pasaban entre los troncos. El aire era verde y dorado.
– ¡Qué bonita floresta! – exclamó la mujer.
– ¡Qué bonita floresta! – exclamó el hombre.
Aquí y allá crujía un ramo seco. A veces una piña caía del alto. Se oía el murmullo de la brisa en las hojas altas. Se oía el canto de los pájaros escondidos. Se oía el silencio de los musgos y de la tierra.
Y mecidos por la belleza, la música y el perfume de la floresta, el hombre y la mujer siguieron de manos dadas por la vereda.
Hasta que oyeron al lejos un sonido de hachazos.
Fueron caminando y fueron acercándose al sonido.
– ¡Viene de allí! – dijo la mujer.
Y saliendo de la vereda se metieron a la derecha.
Encontraron un leñador rajando leña.
– Estamos perdidos – dijo el hombre –, estamos buscando el camino para la carretera.
– Id siempre todo recto por la vereda – dijo el leñador – y encontraréis la carretera.
– Gracias – dijo el hombre.
Y volvieron los dos hacia atrás.
Pero no encontraron la vereda.
– ¿Cómo es que lo hemos perdido? – dijo la mujer.
– Vamos a pedir al leñador que nos guíe – dijo el hombre.
Volvieron al lugar donde le habían hablado al leñador. Pero sólo encontraron leña rajada. El leñador había desaparecido.
– Se marchó – dijo la mujer.
– No debe de estar lejos. Vamos a llamar.
Llamaron varia veces. Pero ninguna voz, ningún rumor humano les respondió. Sólo oían cantos de pájaros, sonidos de ramos secos crujiendo, murmullos de brisa en las hojas.
– Vamos a escuchar callados – dijo el hombre.
Pero solo se oían los ruidos de la floresta.
– Sé de una manera mejor de escuchar – dijo la mujer.
Y se puso de rodillas y acercó, primero el uno, después el otro, sendos oídos a la tierra.
Pero solo oyó el silencio jadeante de la tierra.
– Solo oigo a la tierra – dijo ella.
– Vamos hacia adelante – respondió el hombre.
Y siguieron.
Encontraron una veda cargada de moras.
–¡Son maravillosas! – dijo la mujer.
El hombre cogió un puñado de moras y las tendió en el hueco de su mano a la mujer. Ella probó y volvió a decir:
–¡Son maravillosas!
Riéndose, empezaron los dos a coger moras y, habiendo reunido una gran cantidad, se sentaron en el suelo a comer. La luz oblicua de la tarde pasaba entre los troncos oscuros y encendía el verde de la hierba. Cuando terminaron de comer, el hombre dijo:
– Tenemos que irnos. Tenemos que encontrar la carretera y la tierra hacia dónde vamos.
–¿Cómo hemos de encontrar esa tierra, si ni siquiera sabemos dónde estamos?
– Tenemos que buscar – contestó el hombre.
Se levantaron para partir.
– Espera – dijo la mujer. – Quiero llevar moras.
Y, desatando el nudo del fular que traía envolviendo el cuello, lo abrió y lo extendió en el suelo. Comenzaron los dos a coger moras y reunieron una gran pirámide dentro del fular. Después ataron dos a dos las cuatro puntas.
– Vámonos – dijo el hombre pasando el dedo entre los dos nudos.
Y retomaron su camino.
Iban de manos dadas a través del aire dorado y verde.
–¡Esta floresta es linda! – dijo la mujer.
– Lo es – dijo el hombre – pero no hemos encontrado todavía la carretera.
La mujer sin embargo derramó la cabeza hacia atrás e inspiró profundamente el olor de los árboles y de la tierra. Tendió la mano al aire y en la punta de sus dedos se detuvo una mariposa.
– Ah! – dijo ella –, incluso perdida, veo como todo es perfumado y bello. Incluso sin saber si llegaré jamás, me apetece reír y cantar en honor a la belleza de las cosas. Incluso en este camino que yo no sé dónde lleva, los árboles son verdes y frescos como si los alimentase una certeza profunda. Incluso aquí la luz reposa leve sobre nuestros rostros como si los reconociera. Tengo mucho miedo y estoy alegre.
– El aire y la luz – dijo el hombre – son buenos y bellos. Si no estuviéramos perdidos, este camino sería un viaje maravilloso. Pero el aire y la luz no nos saben enseñar la carretera.
Oyeron un pequeño murmullo cristalino y, dando algunos pasos más, encontraron un río.
Era un pequeño río estrecho y claro en cuyos márgenes crecían flores salvajes blancas y de color rosa.
El hombre y la mujer se echaron de bruces en el suelo, acercaron la cara al agua y empezaron a beber.
–¡Qué agua tan limpia! – exclamó la mujer. – Vamos a tomar un baño.
Se desnudaron y entraron en el río.
Ora riendo, ora en silencio, nadaron mucho tiempo. Buceaban de ojos abiertos, tocando las pequeñas piedras pulidas en el fondo, atravesando un mundo suspenso, transparente y verde. Truchas azules deslizaban a ras de sus gestos.
Después se tendieron a la sombra dorada de la floresta sobre el césped de los márgenes. El perfil de la mujer se recortaba entre las flores.
– Aquí es casi como en la tierra adónde vamos – dijo ella.
– Lo es – respondió el hombre –, pero aquí es un lugar de paso.
Y los dos se levantaron y se vistieron.
–¿Vámonos? – preguntó él.
Espera un momento – respondió la mujer. – Antes quiero coger flores para llevar.
Se arrodilló en el suelo y empezó a hacer un ramo. Y el hombre se fijó que ella cogía las flores arrancándolas con la raíz y preguntó:
–¿Por qué coges las flores con la raíz?
Porque quiero plantarlas en la tierra adónde vamos. No sé si allá habrá flores iguales a estas – respondió la mujer.
Y siguieron.
Ahora el día empezaba a caer.
– Tengo hambre – dijo la mujer.
– Tenemos las moras – dijo el hombre.
Puso el fular en el suelo y deshizo los nudos.
Pero el fular estaba vacío.
Se quedaron callados unos instantes. Después el hombre dijo:
Las puntas del fular estaban seguramente mal atadas y las moras se han ido perdiendo una tras una mientras íbamos andando. Una tras una. Ni siquiera las he sentido caer.
– Tengo hambre – dijo la mujer.
– Vamos hacia adelante – dijo el hombre.
Avistaron al lejos entre los árboles un destello rojo.
–¡Es la puesta del Sol! – exclamó la mujer. – ¡Ya es la puesta del Sol!
– Vamos deprisa – dijo el hombre. – Viene la noche y todavía no hemos encontrado el camino.
Y se fueron casi corriendo.
Entre las sombras del crepúsculo oyeron de repente voces.
–¡Gente! – exclamó el hombre. – ¡Estamos salvos!
–¿Salvos? – preguntó la mujer.
Y de nuevo se oyeron voces.
– Están para aquel lado – dijo la mujer, apuntando a la izquierda.
– No, están para allá – dijo el hombre, apuntando a la derecha.
El hombre cogió la mano de la mujer y corrieron los dos para la derecha.
Pero a medida que iban corriendo, las voces se iban percibiendo más distantes.
–¡Van más deprisa que nosotros! – se quejó la mujer.
– Pero – respondió el hombre – si conseguimos por lo menos seguir la dirección que llevan estaremos salvos.
Así fueron, escuchando y corriendo, mientras las sombras del crepúsculo crecían. Hasta que las voces dejaron de oírse y la noche cayó espesa y cerrada.
La Luna no había nacido todavía. Por todos lados les rodeaban sombras, ruidos, murmullos que ellos confundían con bultos, pasos, voces. Pero eran solamente tinieblas, troncos de árboles, gajos secos que crujían, susurrar de follaje.
–¿Estamos perdidos? – preguntó la mujer.
– No lo sabemos – dijo el hombre.
Siguieron despacio, de manos dadas, en silencio, acostados uno al otro.
Hasta que de repente vieron que habían llegado al final de la floresta.
Llenos de esperanza, avanzaron hasta el espacio descubierto, pero, saliendo de la arboleda, se encontraron delante de ellos un abismo.
De bruces, acecharon. Sin embargo, a la luz de las estrellas no veían nada sino un pozo de oscuridad, mientras un frío de mármol les tocaba la cara.
– Es un precipicio – dijo el hombre. – La tierra está separada delante de nosotros. No podemos ni siquiera dar un paso más.
–¡Mira! – respondió la mujer.
Y señaló una vereda estrecha que seguía ras del abismo. Tenía a mano izquierda una alta riba de piedra y a mano derecha el vacío.
– Vamos – dijo el hombre.
– Tengo miedo – dijo la mujer.
– Estamos juntos – respondió el hombre –, no tengas miedo.
Y siguieron por la vereda.
El hombre iba delante y la mujer, detrás, se sujetaba con la mano izquierda a los peñascos y con la mano derecha al hombro del hombre.
Iban en silencio bajo el brillo oscuro de las estrellas, midiendo cada gesto y cada paso.
Pero de repente el cuerpo del hombre osciló, rolaron pequeñas piedras. Él le gritó a la mujer:
–¡Sujétame!
Pero ya su hombro resbalaba de las manos de la mujer. Y ella gritó:
–¡Agárrate a la tierra!
Pero ninguna voz le respondió, pues en el gran silencio nítido y sonoro sólo se oía el rolar de las piedras.
Ella estaba sola, vestida de terror, agarrada al suelo y con el vacío por delante.
–¡Responde! – gritó de bruces sobre el abismo.
Lejos, el eco de su voz repitió:
– Responde.
Estaba tumbada en la tierra, con las manos enterradas en la tierra, y empezó a gritar como quien está perdido en medio de un sueño. Después paró de gritar y murmuró:
– Tengo que ir a buscarlo.
Siguió arrastrándose por la vereda, tanteando el suelo con las manos en busca de un pasaje por donde pudiera bajar para buscar el hombre. Pero no había pasaje.
Entonces intentó bajar por la vertiente misma del abismo. Agarrándose a hierbas y raíces se dejó resbalar a lo largo del precipicio. Pero sus pies no encontraban ningún apoyo donde pudieran sostenerse. Pues la vertiente bajaba a pique, era una pared lisa de piedra desnuda.
– Tengo que volver a la vereda – pensó la mujer – y tengo que buscar más adelante un pasaje.
Y, cogida de hierbas y raíces, se izó hacia la vereda.
Pero la vereda había desaparecido. Ahora solo había un estrecho borde donde ella no cabía, ni siquiera sus pies. Un borde sin salida. Ahí se quedó, de lado, con los pies uno delante del otro, con el lado derecho de su cuerpo pegado a la piedra de la riba y el lado izquierdo ya bañado por la respiración fría y ronca del abismo. Sentía que las hierbas y las raíces a que se sujetaba cedían lentamente al peso de su cuerpo. Comprendía que ahora era ella la que iba a caer en el abismo. Vio que, en cuanto las raíces se rompiesen, no podría agarrarse a nada, ni siquiera a sí misma. Pues era a sí misma lo que ella ahora iba a perder.
Comprendió que le quedaban solamente algunos instantes.
Entonces giró la cara hacia el otro lado del abismo. Intentó ver a través de la oscuridad. Pero sólo se veía a la oscuridad. Ella, sin embargo, pensó:
– Del otro lado del abismo hay seguramente alguien.
Y empezó a llamar.

 

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Sophia de Mello Breyner Andresen. Traducción: Francisco Serra Lopes.

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