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Sigmund y Anna Freud

Sigmund y Anna Freud

¿Qué es verdad y qué es ficción en una viñeta clínica? La pregunta conlleva una inquietud del orden del discurso, un discurso idealmente indirecto en el que, digamos, un profesional psi – me refiero a psicoanalistas aunque psicólogos y psicoterapeutas también hablen de viñetas – hace referencia a un discurso ajeno o, más adecuadamente, a un discurso otro, ya que ese otro justamente no le es del todo ajeno.

Se trata de un discurso idealmente indirecto porque lleva implícita la demanda de que aquellos a quienes se dirige se crean su carácter indirecto. Quiero decir que hay una demanda implícita por parte del profesional que habla de viñetas de que su público le haga caso y se crea que está hablando de otro y no de él mismo.

Si digo él mismo y no ella misma es por un ejercicio de honestidad intelectual, ya que si nadie tuvo jamás el valor de preguntarme si una viñeta era veraz (ya hablaré de este valor de verdad), sí me encontré una y otra vez con una expresión de desconfianza hacia la veracidad de las viñetas presentadas por otros psicoanalistas, señaladamente en congresos y seminarios. Así que hoy hablaré en masculino, como sujeto que soy marcado por dos objetos de envidia: un Wiwimacher (hace-pipí) que goza haciendo pipí y otras cosas y un falo que goza escuchando, escribiendo, haciendo pipí y otras cosas. Uno y otro son cosas funcionalmente y discursivamente distintas, y es importante declararlo para situarme como objeto de envidia, que es como hablo hoy.

Del estatuto de la viñeta no me interesa fundamentalmente la sospecha hacia quién la utiliza, que parece más bien un defecto colegial. Los psicoanalistas no son conocidos precisamente por el buen rollo entre ellos. Digo entre ellos porque he tenido la oportunidad, la suerte quizás, de encontrar desde el primer momento otros marginales que se dedican al psicoanálisis. El caso es que encuentro algo más de solidaridad e interés entre los raros o especiales, los subversivos u ovejas negras o cómo queráis llamarles, que entre aquellos que siguen, en palabra y en precepto, la autoridad de los herederos. La envidia puede leerse, efectivamente, como cierta escasez de autoridad. En un mundo donde mandaran las mujeres, quizás Freud hubiese hablado de envidia del coño, o quizás no hubiese podido hablar, del mismo modo que las mujeres de su entorno relativamente civilizado apenas podían hablar porque la casa de la palabra era un lugar de hombres.

Lo que me interesa sobre todo en el estatuto de la viñeta es aquello que hace que no solo encuentre algo más de solidaridad entre los más reacios al gregarismo de las escuelas psicoanalíticas sino también mucha más consistencia en el discurso. Quienes siguen defendiendo la importancia de las escuelas no como lugares de transmisión crítica, de puesta a prueba del saber, de la invención de un discurso operable también en cuanto lazo social, sino como lugares de transmisión de poder, de vínculos sociales de autorización y favor, de la repetición de lo conocido, esos que defienden esas escuelas muertas necesitan las viñetas como resorte de legitimación institucional porque su teoría no la hacen ellos, no pueden firmarla. Varían sobre lo interpretado y no pueden autorizarse más allá del número de analizantes del que sus múltiples viñetas deberían ser el indicador insinuante: un indicador económico y de prestigio, sin duda.

Así que carece relativamente de interés la veracidad de las viñetas entendida como valor efectivo de correspondencia a la verdad de los casos explicados, ya que la discreción respecto de lo que sucede en la escena analítica – condición transferencial inegociable – exige casi siempre una operación de reescrita para preservar el anonimato de la fuente u objeto, es decir, el sujeto, el sujeto analizante. Ése es un valor secundario siempre que un psicoanalista, en el caso de que no se refiera a otro analizante sino a él mismo, no falsee ese discurso – condición que me parece, por otro lado, difícil de satisfacer a menos que esa viñeta secretamente autorreferencial haya pasado al menos por una supervisión, es decir, por la escucha del psicoanalista con quién aquél se psicoanaliza. Esto me parece fundamental porque sino no hay fundamento para justificar al psicoanálisis como escucha del otro practicada entre dos cuerpos presentes, como no hay razón, si así es, para acudir a otro en función de analista si uno mismo se la puede proveer. El caso es que el autoanálisis es la escena fantasmática cuya necesaria realización debemos de algún modo a Freud, quién asimismo sufrió sus límites.

Hasta cierto punto, no importa la veracidad de la viñeta si ella fue objeto de análisis, pero sí importa las especificidades que la conforman como marco de explicación singular, es decir, no un marco referencial al uso como es de recibo en las otras ciencias, sino un marco que causa en quién puede escucharlo, aprender de él y transmitir su novedad y desconcierto el movimiento de volver a la teoría, de rectificar conceptos, de abandonar prejuicios, de confirmar y dar forma a intuiciones que venían de otro lugar. La viñeta tiene sentido si se atiene a la casuística, a lo irrepetible más que al principio de repetición y objetivación en qué persiste hoy por hoy la ciencia sin sujeto.

Hace setenta y cinco años murió un hombre que quería escuchar, pero a quién hizo falta una mujer que le dijera “cállese y déjeme hablar”. El inconsciente del psicoanalista no debe desaparecer, creo, ni en la consulta ni fuera de ella, ya que la carne que sostiene el significante sigue teniendo las mismas propiedades gozantes y mortales. Más bien el inconsciente debe no desaparecer, lo cual no quiere decir que podamos hacer mucho para evitar que la industria del yo lo acalle, pero quizás cada uno pueda dejar de hacer algo para que no sea el yo quién le diga al inconsciente: “calla tú y déjame hablar”.

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