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El hipster nace de cierta nostalgia del posguerra en Estados Unidos, mezcla de dolor ante un paraíso perdido y de añoranza de unos años de vacas gordas. Claro que la supremacía económica, tecnológica y militar de Estados Unidos – y sobre todo política – no benefició a todos por igual. Ya en Europa, la recuperación económica más espectacular se dio en Alemania e Italia, dos de los países que proporcionalmente percibieron menos ayudas del Plan Marshall. Estas realidades, aparentemente dispares, favorecieron en ambos casos la celebración del esfuerzo, que hace de la distribución del trabajo una cuestión moral y no una cuestión de deseo.

El desapego del sujeto respecto de su trabajo, al que queda sometido al reprimir su deseo, va a reforzar la cultura del mérito: donde uno podría obtener placer y satisfacción gracias a alguna actividad productiva, la relación de sumisión creará desdicha, llámese estrés o depresión. En cierto modo, el hipster da cuerpo al intento de sublimar la melancolía obrera, pero falla compulsiva y cómicamente en el acto, como un maquillaje bozal. ¿Acaso se alcanzan derechos laborales en una barbería o ante el espejo? Un perdedor de gafas y barba bien recortada aún sigue siendo un perdedor, y no hablo en términos capitalistas; hablo de perder de vista lo que se quiere.

Como buena parte de la cultura estadounidense, el hipster es un hijo bastardo de culturas inmigrantes al que se impone el discurso del amo con la acostumbrada eficacia de algo con qué otros pueden y quieren identificarse. Ese algo es la modernidad hecha carne, un self-made man con tintes de macho alfa herido por el spleen de la vida urbana. Es el joven que derrocha misterio y sensibilidad bajo la garantía fálica de una pulcra barba varonil, un peinado impecable o tatuajes que recuerdan, en este sistema simbólico, que el proletariado es fundamentalmente ganado.

El crecimiento económico del posguerra, tan insustentable como irresistible, parecía renovarse casi medio siglo después en el amago de prosperidad simbolizado por la caída del muro de Berlín. Pero esa caída no dejaba de significar de una decadencia irreversible: no solo la del comunismo y del socialismo soviético sino también de la socialdemocracia, del Estado de bienestar, de la soberanía política de las naciones, de la democracia.

Figura del gusto estandarizado, el hipster representa a día de hoy un nuevo triunfo del capitalismo: el de haber superado la crisis moral del 2008 ocultando su carácter cíclico y estructural, convirtiendo la falta de ética y el menosprecio absoluto hacia el otro en necesidades estructurales del modernismo. Los modernos viven así en un laberinto de Minotauro, atrapados en el espacio sin salida del paro y la precariedad galopantes. La histeria de la modernidad pasa entonces por atraer la mirada del monstruo, al que hay que ofrecerse sacrificialmente como presa apetecible.

En cuanto fetiche publicitario y montacargas social, el hipster solo otro modelo más, una moda que cada uno logrará copiar en función de su clase social y poder adquisitivo, pero que puede ser reinterpretada y reapropiada por individuos de clases más bajas gracias a la industria del prêt-à-porter y a la mano de obra que la sostiene, oriunda de clases más bajas todavía.

Se reconoce así el clivaje social entre el hispter esteta que trabaja en una tienda de ropa y el hipster yuppie que compra en esa tienda u otras más caras, llegando incluso a alquilar un personal shopper que hará la función de intérprete.
Todo esto es parte de la función de fetiche que tiene el hipster, ya que él da cuerpo a lo “hipe”, a lo que está de moda, es decir, a un discurso acerca de lo estéticamente deseable que, por contagio de representación (prensa de moda o del corazón, redes sociales, videojuegos), cobra también influencia sobre lo éticamente deseable.

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