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Del sujeto en fin en cuestión (1966)
Jaques Lacan. Francisco Serra Lopes (traducción)

Una nada de entusiasmo es en un escrito la huella que con más probabilidad lo datará en el sentido lamentable. Lamentémoslo en el caso del discurso de Roma, tan seco, no aportando las circunstancias que menciona nada de atenuante.

Publicándolo, suponemos un interés en su lectura, malentendido incluso.

Aún queriendo la precaución, no es con una “nota al lector” que redoblaríamos su nota original (al Congreso), cuando la constante, de la que hemos advertido al comienzo, de nuestra nota al psicoanalista, culmina aquí con hacerse pertenencia de un grupo que llama por nuestra ayuda.

Redoblar el interés sería más bien nuestro postín, si no es dividirlo desvelar lo que, sea lo que sea para la consciencia del sujeto, dirige este interés.

Queremos hablar del sujeto puesto en cuestión por este discurso, cuando recuperarlo aquí desde un punto en que por nuestra parte no le hemos faltado, es solamente hacer justicia al punto en que él nos proporcionaba encuentro.

Por el lector, no haremos más a partir de ahora, apuntando casi un poco más allá del designio de nuestro seminario, que fiarnos de su cita a solas con textos ciertamente no más fáciles, pero recuperables intrínsecamente.

Meta, el límite que determina la recta final en una corrida, es la metáfora de que haremos aquí viático para recordarle el discurso inédito que perseguimos desde entonces cada miércoles del año de enseñanza, y al que puede que él asista (si no asiste) circulando por el exterior.

Sobre el sujeto puesto en cuestión, el psicoanálisis didáctico será nuestra salida. Se sabe que así se llama un psicoanálisis que uno se propone emprender con un objetivo de formación, – especialmente como un elemento de la habilitación para practicar el psicoanálisis.

El psicoanálisis, en la medida en que queda especificado por esta demanda, se da por modificado en sus datos que se suponen ordinarios, y el psicoanálisis considera tener que detenerse aquí.

Que acepte conducirlo en esas condiciones comporta una responsabilidad. Es curioso constatar cómo se la desplaza, las precauciones que uno toma.

Pues el bautizo insospechado que recibe lo que ahí se propone, como “psicoanálisis personal ” (como si hubiera otros), si las cosas son llevadas al punto esquivo que se desea, no nos parece para nada concernir a lo que ese propósito conlleva para el sujeto que uno acoge de esta manera, de despreciarlo [al propósito, al psicoanálisis] en suma.

Tal vez se vea más claro purificando dicho sujeto de las preocupaciones que resume el término propaganda: el efectivo a ampliar, la fe a propagar, el canon a proteger.

Extraigamos de ahí el sujeto implicado en la demanda desde la que él se presenta. Quien nos lee, hace un primer paso notando que el inconsciente le sirve un plato poco propicio al reducirle a lo que la relación con los instrumentos de precisión designa como error subjetivo – para añadir al instante que el psicoanálisis no tiene el privilegio de un sujeto más consistente, pero debe más bien permitir aclararlo igualmente en las avenidas de otras disciplinas.

Este proceso de envergadura nos traería una distracción indebida de hacer caso a aquello de qué se trata de hecho: ya sea del sujeto que se califica (significativamente) como paciente, el cual no es el sujeto estrictamente implicado por su demanda, sino más bien el producto que se querría determinado por ella.

Es decir que se ahoga al pez al pescarlo. En nombre de ese paciente, la escucha, también ella, será paciente. Es por su bien que se elabora la técnica de saber medir su ayuda. De esta paciencia y medición, se trata de habilitar al psicoanalista. Pero después de todo, la incertidumbre que subsiste sobre el fin mismo del análisis tiene por efecto no dejar entre el paciente y el sujeto que se le anexa, otra cosa que no sea la diferencia, prometida al segundo, de la repetición de la experiencia, siendo incluso legitimado que su equivalencia de principio se mantenga a plenos efectos en la contra-transferencia. ¿En qué por lo tanto la didáctica sería un problema?

No hay en este balance ninguna intención negativa. Señalamos un estado de cosas donde aparecen tanto observaciones oportunas como un permanente recuestionamiento de la técnica, unos destellos a veces singulares en lo facundo de la confesión, en resumen una riqueza que puede muy bien concebirse como fruto del relativismo propio de la disciplina, y otorgándole su garantía. Hasta la objeción a sacar del black-out que subsiste sobre el final de la didáctica, puede quedarse como letra muerta, a la vista de lo intocable de la usuaria rutina.

Sólo lo intocado del umbral mantenido para habilitar el psicoanalista para hacer didácticas (donde el recurso a la veteranía es irrisorio), nos recuerda que es el sujeto en cuestión en el psicoanálisis didáctico quien hace problema permaneciendo ahí como sujeto intacto.

¿No habría más bien que concebir el psicoanálisis didáctico como la forma perfecta partiendo de la cual se aclararía la naturaleza del psicoanálisis a secas: [la] de aportar una restricción?

Tal es la reversión que antes de nosotros a nadie le había venido a la idea. [Esa reversión] parece sin embargo imponerse. Pues si el psicoanálisis tiene un campo específico, el cuidado terapéutico justifica en él cortocircuitos, y hasta temperamentos; pero si hay un caso donde poner en entredicho cualquier semejante reducción, ese debe ser el psicoanálisis didáctico.

Mal inspirado quien emitiera la sospecha de que estuviéramos avanzando que la formación de los analistas fuese lo que el psicoanálisis tiene de más defensable para presentar. Pues esa insolencia, si se diera, no alcanzaría a los psicoanalistas. Antes alguna falla a colmatar en la civilización, pero que no está todavía suficientemente delimitada para que nadie se pueda jactar de hacerse cargo de ella.

No [se] prepara aquí más que una teoría congrua para mantener el psicoanálisis en el estatuto que preserva su relación [en cuanto] a la ciencia.

Que el psicoanálisis haya nacido de la ciencia, es manifiesto. Que haya podido aparecer de otro campo, es inconcebible.

Que la pretensión a no tener otro soporte sea todavía lo que se tiene por supuesto, allá donde él se distingue por ser freudiano, y que no deja de hecho ninguna transición con el esoterismo a partir del que se estructuran prácticas aparentemente vecinas, en eso no hay casualidad, sino consecuencia.

¿Cómo desde entonces dar cuenta de los desprecios evidentes que se propagan en las conceptualizaciones en curso en los círculos instituidos? Hágase la chapuza que se quiera – de la pretendida efusión unitiva donde, en la cima del tratamiento, se reencontraría la beatitud que habría que creer aún fundadora del desarrollo libidinal –, hasta los milagros ufanados de la obtención de la madurez genital, con su sublime soltura al moverse en todas las regresiones –, por todas partes se reconocerá este miraje que ni siquiera se discute: la completud del sujeto, que se afirme aún formalmente tomar como una finalidad de derecho posible de alcanzar, si de hecho los manqueos atribuibles a la técnica o a las secuelas de la historia la mantienen en el rango de un ideal demasiado recóndito.

Tal es el principio de la extravagancia teórica, en el sentido propio de este término, donde se demuestran poder caer el más auténtico interrogante de su responsabilidad de terapeuta así como el escrutador más riguroso de los conceptos: que se le confirme del parangón que evocamos el primero, Ferenczi, en sus proposiciones de delirio biológico sobre la anfimixis [fecundación por unión de una célula de un individuo con una de otro], o para el segundo, donde pensamos en Jones, que se lo mida a este paso en falso fenomenológico, la afánisis [eclipse] del deseo, donde le hace patinar su necesidad de asegurar la igualdad-de-derecho entre los sexos bajo en relación a esta piedra de escándalo, que uno no admite sino renunciando a la completud del sujeto: la castración, para llamarla por su nombre.

Ante estos ilustres ejemplos, pasma menos la copiosidad de esas reconversiones de la economía a que cada uno se entrega, extrapolando de la cura al desarrollo, incluso a la historia humana – tales como el aplazamiento del fantasma de la castración a la fase anal, el fondo tomado de una neurosis oral universal… sin límite asignable a su etcétera. En el mejor de los casos falta tomarlo por testigo de lo que llamaremos la simpleza de la perversión personal, quedando la cosa entendida de modo a dejar lugar a alguna iluminación.

Ninguna referencia en estas palabras a la inanidad del término de psicoanálisis personal del que se puede decir que con demasiada frecuencia lo que designa lo iguala, al no autorizarse más que de unos arreglos bastante prácticos. De donde rebota la cuestión del beneficio de esta curiosa fabulación. Sin duda el analista en prácticas no curtido no es insensible a una realidad hecha más nostálgica al ser suscitada por su encuentro, y responde en este caso al nexo esencial del velo con su experiencia por los bosquejos del mito.

Un hecho contradice esta calificación, es que uno reconozca aquí no unos mitos auténticos (entendamos simplemente los que han sido recogidos en el terreno), los cuales no cesan jamás de hacer que permanezca legible la descompleción del sujeto, sino fragmentos folclóricos de esos mitos, y precisamente los que de aquellos han retenido las religiones de propaganda en sus temas de salvación. Lo discutirán aquellos para quienes esos temas dan cobijo a su verdad, tan contentos de encontrar allí con qué confortarla con lo que ellos llaman hermenéutica.

(Explotación a la que una sana reforma de la ortografía permitiría dar el alcance de una práctica familionaria [juego de palabras que Freud tomara en Der Witz und seine Beziehung zum Unbewußten del repertorio cómico de Heine]: la del filosofalso por ejemplo, o de la fumosofía, sin poner más puntos ni más i.)

El vicio radical se designa en la transmisión del saber. A lo mejor se defendería de una referencia a estos menesteres en que, durante siglos, ella no se hizo sino bajo un velo, mantenido por la institución del compañerismo. Un máster en artes y unos títulos protegen ahí el secreto de un saber substancial. (Es de todos modos a las artes liberales que no practican el arcano que nos referimos más adelante para evocar la juventud relativa del psicoanálisis.)

Por más atenuada que pueda ser, la comparación no se sostiene. Al punto que podríamos decir que la realidad está hecha de la intolerancia a esa comparación, puesto que lo que ella exige es una posición del sujeto totalmente otra.

La teoría o más bien la trituración que lleva ese nombre y que es tan variable en sus enunciados que parece a veces que una sola insipidez mantenga en ella un denominador común, no es sino el llenado del lugar donde una carencia se demuestra, sin que uno sepa siquiera formularla.

Intentamos un álgebra que respondería, en el lugar así definido, a lo que efectúa por su parte la especie de lógica que se llama simbólica: cuando [a partir] de la práctica matemática ella establece sus derechos.

Eso no sin el sentimiento de lo que ahí conviene de prudencia y de cuidados.

Que se trate de conservar ahí la disponibilidad de la experiencia adquirida por el sujeto, en la estructura propia de desplazamiento y reincisión donde ella ha tenido que constituirse, esto es todo lo que podemos decir – remitiendo a nuestros desarrollos efectivos.

Lo que tenemos aquí que subrayar, es que pretendemos abrir la posición científica, analizar bajo qué modo ella está ya implicada en lo más íntimo del descubrimiento psicoanalítico.

Esta reforma del sujeto, que es aquí inaugural, debe ser referida a la que se produce en el principio de la ciencia, esta última conllevando cierto sobreseimiento tomado con respecto a cuestiones ambiguas a las que se puede llamar las cuestiones de la verdad.

Es difícil no ver, desde antes del psicoanálisis, introducida una dimensión que se podría decir del síntoma, que se articula por lo que representa de la revuelta de la verdad como tal en el fallo de un saber.

No se trata del problema clásico del error, sino de una manifestación concreta apreciable “clínicamente”, donde se revela no un defecto de representación sino una verdad de otra referencia que [no] aquello, representación o no, con que ella viene perturbar el bello orden…

En este sentido uno puede decir que esta dimensión, incluso sin estar ahí explicitada, es altamente diferenciada en la crítica de Marx. Y que una parte de la reversión que opera a partir de Hegel está constituida por la revuelta (materialista, precisamente de ponerle cara y cuerpo) de la cuestión de la verdad. Ésta en el hecho se impone, íbamos a decir, no tomar el hilo del ardid de la razón, forma sutil con la que Hegel la manda ir a dar un paseo, sino a entremeterse en esos ardides (léase los escritos políticos) que de razón no van más que albardados…

Sabemos con qué precisión convendría acompañar esta temática de la verdad y de su bies en el saber – principio empero, parécenos, de la filosofía como tal.

No lo tenemos en cuenta sino para denotar el salto de la operación freudiana.

Ella se distingue por articular por lo claro el estatuto del síntoma con el suyo, pues ella es la operación propia del síntoma, en sus dos sentidos.

A diferencia del signo, del humo que no hay sin fuego, fuego que el humo indica con un llamado eventual a su extinción, el síntoma no se interpreta sino dentro del orden del significante. El significante no obtiene sentido sino de su relación a un otro significante. Es en esta articulación que está instalada la verdad del síntoma. El síntoma conservaba una confusión de representar alguna irrupción de verdad. De hecho él es verdad, al estar hecho de la misma madera de la que está hecha, si ponemos materialistamente que la verdad es lo que se instaura de la cadena significante.

Querríamos aquí demarcarnos del nivel de burla en que se quedan habitualmente ciertos debates de principio.

Al preguntar de dónde nuestra mirada debe tomar lo que le propone el humo, puesto que tal es el paradigma clásico, cuando ella se ofrece a él para elevarse a las piras crematorias.

No dudamos en que se concede que eso no puede ser sino en su valor significante; y que incluso si uno se negara a ser estúpido ante el criterio, este humo permanecería para la reducción materialista [como un] elemento menos metafórico que todas las que podrían alzarse a debatir si lo que ella representa, hay que retomarlo por el bies de lo biológico o de lo social.

De situarse en esta juntura que es el sujeto, unas consecuencias del lenguaje al deseo del saber, tal vez las vías se harían más transitables, por lo que se sabe desde siempre [acerca] de la distancia que lo separa con su existencia de ser sexuado, incluso de ser vivo.

Y en efecto la construcción que damos al sujeto al hilo de la experiencia freudiana, no quita nada de su pregnancia personal a los muchos desplazamientos y reincisiones que puede tener que atravesar en el psicoanálisis didáctico.

Si ésta registra las resistencias franqueadas, es para que ellas inscriban el espacio de defensa en que se organiza el sujeto, y no es sino con ciertas señalizaciones de estructura que uno puede aguantar el recorrido que de ahí se hace, para bosquejar su consumación.

Cierto orden de hilván es asimismo exigible con respecto a lo que hay que alcanzar como pantalla fundamental de lo real en el fantasma inconsciente.

Todos estos valores de control no impedirán que la castración, que es la clave de este bies radical del sujeto por donde se da el advenimiento del síntoma, no permanezca incluso en la dialéctica [como] el enigma que el sujeto no resuelve más que evitándolo.

Al menos si algún orden, de instalarse en lo que ha vivido, le diera tras sus propósitos la responsabilidad, no intentaría reducir a la fase anal aquello que de la castración él reciclará en el fantasma.

Dicho de otra manera la experiencia se percataría de sancionar los cambios de aguja teóricos aptos a emprender el descarrilamiento en su transmisión.

Ahí hace falta la restauración del estatuto idéntico del psicoanálisis didáctico y de la enseñanza del psicoanálisis, en su apertura científica.

Ésta comporta, como cualquier otra, estas condiciones mínimas: una relación definida por el instrumento como instrumento, una cierta idea de la cuestión planteada por la materia. Que las dos converjan aquí en una cuestión que sin embargo no se simplifique, quizás cerrará esta otra con que el psicoanálisis repite la primera, como cuestión planteada a la ciencia, de constituir una él mismo, y de segundo nivel.

Si ahora el lector puede estar perplejo de que esta cuestión le llegue tan tarde, y con el mismo temperamento que hace que hayan sido necesarias dos repercusiones de las más improbables en nuestra enseñanza para recibir de dos estudiantes de la Universidad de los U.S.A. la traducción cuidadosa (y lograda) que merecían dos de nuestros artículos (de los cuales el presente) – que sepa que hemos puesto en la pizarra de nuestro orden de prioridades: primero que haya psicoanalistas.

Al menos ahora podemos contentarnos de que tanto cuanto dure la huella de lo que hemos instaurado, habrá psicoanalista para responder a ciertas urgencias subjetivas, si calificarlos con el artículo definido fuera demasiado decir, o aún demasiado desear.

1966.

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