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106. La noche electoral no podía soportar tanta excitación. El partido que estaba en el poder volvió a ganar con mayoría absoluta y yo, que tomara partido por un partido ya casi inexistente, comprobé que apenas tuvo presencia en los resultados de esa noche. Se ventiló su desaparición. Mi gozo fue tan insoportable que recuerdo haber sentido algo semejante a un fluido que reventaba ciertos poros de mi piel para venir a la luz.

107. La mañana siguiente despertó mancillada por los rostros de los políticos que, como condenados, colgaban de las paredes de los edificios. Además de esos carteles desfigurados por la lluvia, el viento dispersara pequeños folletos de propaganda por el suelo. Eran como hojas caídas de árboles siniestros que los camiones de la limpieza no habían pasado aún a recoger.

108. Ese amanecer político y gris de un lunes como otro cualquiera no me hizo olvidar que ese día, precisamente, no era un día cualquiera. Yo estaría con Fenelón, nombre incrédulo para un chico del circo.

109. Incrédulo o increíble.

110. “Soy gitano”, dijo en voz muy baja, como si, por primera vez, se avergonzara. Lo dijo moviendo bruscamente la rubia cabeza en dirección al descampado. Volviendo la cabeza de nuevo hacia mí, tras una mirada lejana que alcanzaba mucho más allá de las caravanas, dibujó con sus ojos un guiño enigmático que subrayó con una mueca bien estudiada, como si tratara de disfrazar la timidez inicial. Entonces le llamé por su nombre como quién invoca: “Fenelón…” “¡Félix!”, atajó, “¡Félix! Me llamo Félix. Suelen confundir mi nombre. Hace poco me llamaron Flix. Una vez incluso me llamaron Fénix.” Nos reímos. Aproveché ese momento para explicarle que no me equivocara sino que había soñado que se llamaba Fenelón. Al instante me puse de todos los colores. “¿Ya has soñado conmigo?”, fue la pregunta que me hizo, como yo temía.

111. Me sorprendió la forma cómo lo preguntara. “Quiero decir”, aclaró, como quién se da cuenta de que también ha dicho algo que dice más de lo que pretendía, “estoy aquí todavía ¿y ya he entrado en tus sueños?” Lejos de aclarar el sentido o rehuir algo que podría ser vergonzoso asumir –o que al menos lo hubiera sido para mí– había añadido algo más sorprendente aún. “No sé si entiendo lo que dices”, confesé. “Me refiero”, replicó, “a que hay niños que creen en dios. A mi no me enseñaron a creer en nada. Sin embargo creo en los sueños. O más bien aprendí a creer que puedo entrar en los sueños de algunos de los que me ven actuar en el circo. Pero tú no me has visto actuar siquiera. Para ti soy un chico como otro cualquiera. Cuando vengas a verme al circo… bueno, yo pensaba que cuando vinieras verías a otro chico y entonces yo podría entrar en tus sueños porque cuando estoy ahí no parezco el mismo.” “Ya me gustas como eres”, dije, dejando atrás toda vergüenza. “¿Y no te gustaría conocerme como no soy?”

112a. La diferencia entre la voluntad y el deseo no estaría en que la primera no triunfa sobre el compromiso pero sí el segundo.

112b. ¿Acaso el deseo triunfa necesariamente del compromiso?

113a. Solo el inconsciente puede triunfar sin fallo

113b. – porque juega poco y bien.

114. Inconscientes fueron sin duda los motivos que me hicieron enfermarme la noche del espectáculo. ¿No quería yo ver a Félix actuando en el circo? En eso habíamos quedado: que yo sí quería conocerle.

115a. Justamente: yo quería conocer cómo era él, pero secretamente prefería desconocer ese otro que él decía no ser pero que indudablemente también era.

115b. Un rechazo complicadísimo a toda forma de travestismo en los demás se representaba en mí como una sospecha de que ese robusto hombrecito se transformara en alguien que yo no soportara ver bajo unos maillots ajustados y con los brazos desnudos sembrados de purpurina.

116. Olía mucho a calabaza, o eso pensé. Hacía un mes que no era navidad y ya no era tiempo de calabazas pero el olor de las torrijas, con esa mezcla de azúcar de caña y canela, había despertado en mi memoria algo cercano a las luces del belén. Era pan que mi madre había comprado en demasía, pan de segunda, como le llaman en el sur, con un meollo mucho más denso y tierno a la vez. Pero mi madre había comprado demasiado pan porque contaba con unas visitas que finalmente cancelaron su viaje. No era porque no hubiesen venido que estaba llorando, creo. Tampoco era un llanto explícito. Me la encontré ese día dos veces, en distintos rincones de la casa, disfrazando con un pañuelo unas modestas lágrimas. Mi amor roto por sentir que no me defendiera de los hombres – mi profesor, luego mi padre bajo la lluvia – quedó restaurado en cuanto me dio a escondidas un trozo del pastel que sólo debería romperse el día siguiente. Era un pastel circular con un agujero en medio. Cuidadosamente cortó un trozo y luego juntó las extremidades del pastel reveladas por el corte, como si pretendiera disfrazarlo.

117. Era la hora de la puesta de sol y ya notaba algo de temperatura. Estaba febril. Temblaba. Mi madre me tocó largamente entre las piernas para ver si encontraba la raíz de la fiebre. Luego estuvo palpándome la barriga. “¿Te duele?” Encogí los hombros como quién no sabe pero seguramente con tal expresión de dolencia que mi madre continuó: “No deberías haber comido tantas torrijas. Ahora te haré una infusión de flor de naranjo.” Flor de naranjo, al igual que sopa de cordero, quería decir: estar enferma o enfermo. Más me enfermé al ver un programa de patinaje artístico que aquél día presentaban en la tele. Era como ver que no veía a Félix.

118. Me tomo un jarabe y unas pastillas. Mi madre me arropa. Aún trae en sus manos el olor de la canela. Tan pronto me quedo en la soledad, creo ver con los ojos cerrados al augusto Félix que está en ese momento actuando entre niños y luces. Es entonces cuando pienso cómo no será Félix, cómo será ese Félix que no es, y siento una extraña complicidad hacia mí recreándome en la idea de que mi fantasía es mucho más libre que cualquier realidad. Pero justo antes de dormir me asalta la imagen de un Félix que huye del campamento y viene a por mí, y nos vamos a algún lugar sin profesores ni padres. Solo el recuerdo de mi madre.

119. Dos días después volví a la escuela y Félix, todavía más moreno y rubio de lo habitual, vino decirme que me extrañara y que se iba. No me preguntó por qué no había ido a ver el espectáculo ni por qué había faltado a clase un par de días. Su rubio bigote le dibujaba en los labios una sombra particularísima mientras sus ojos destacaban, como proféticos luceros, en su oscuro y bondadoso rostro. “Me voy pero seguiré visitándote en tus sueños. Tú ya estás en los míos.”

120. Fue el último día que le vi.

"Urban Scar" by Camila Ferreira @flickr

121. Pasaron días y semanas sin que ocurriera nada susceptible de registro.

122a. La represión es la prueba de que entre memoria y recuerdo hay un abismo de sentido.

122b. El recuerdo es todo aquello de que el yo puede hacerse cargo, le guste o no, pero que no pone le demasiadas trabas. El recuerdo no impide que el ego se desarrolle: geométrico, macizo, calculado, hiperpotente.

122c. La memoria es la capacidad donde se va situando lo vivido, tanto lo que presta al cotidiano las razones más vitalistas como lo que le roba la gracia ligera de las consolaciones.

122d. Entonces se hunde el más fuerte de los egos al asomarse, como la visita más inoportuna, un reconocimiento funesto.

123. Mi ropa interior volvió a nunca estar manchada. Y sin embargo dentro de mí crecía un hartazgo, un tedio, una náusea. No le encontraba un nombre mejor.

124. Recordé como en el año anterior habíamos depuesto un garbanzo en un poco de algodón humedecido para días más tarde ver crecer una plantita. Dependiendo de dónde la expusiéramos, cogería más luz y crecería, o se mantendría a la sombra y acabaría muerta. Quise aprovechar los días de sol de un invierno que ya se despedía y volví a coger un garbanzo, esta vez de la despensa, y lo metí en un vasito de yogur vacío y limpio.

125. El urce en los campos cogía florecitas que se confundían con las amapolas. El campo, que se atisbaba desde el dormitorio de mis padres, parecía un tapiz espolvoreado de sangre, esperando el final siempre dramático de la cuaresma. Los viernes por la tarde hacían un via crucis en una capilla cercana por cuyas ventanas entraba un sol enfermizo. El penúltimo viernes, si no recuerdo mal, hacían una gran procesión por el campo, una verdadera peregrinación donde aquellas flores resplandecían como gritos incontinentes. Esa sangrienta visión, que siempre me parecía profética de algo terrible que debía ocurrir, se apaciguaba tras la puesta de sol, cuando los reflejos escarlata, que hacían resonar como un clamor las llagas de cristo, se dejaban intimidar por la caída de la noche oscura.

126. Ese año me fui a la procesión. No llovía y la noche se presentía tibia. El aire era como el de una habitación de hospital, aséptico y suspenso. Me enamoró la visión de alguien que me pareció un monaguillo, aunque no podía distinguir si era un chico o una chica. Llevaba en las manos un cirio como el pascual pero sin grabados, un cirio que parecía cruelmente pesado para tan delicadas manos. En su rostro, iluminado desde abajo por esa cera enorme y erecta, la luz inestable de la vela proyectaba unas sombras asimétricas que recortaban la faz en líneas fantasmagóricas.

127. Miré hacia el palio ya que no podía soportar tamaña belleza, pero la imagen que venía detrás – un ángel soplando por un cuerno – me produjo una angustia indecible. Mis temores, que se repetían año tras año por esas fechas taciturnas en las que mi madre siempre lloraba, se adensaban por el advenimiento de ese horroroso ángel, horroroso no por feo o desproporcionado, sino por el horror que literalmente me causaba su seguridad, la convicción con la que sujetaba el cuerno con la sola mano izquierda, los ojos bien abiertos y la mano derecha tendida hacia un lado del cuerpo, los dedos abiertos como flechas, un viento imposible alejando sus cabellos rizados del rostro impávido.

128. Ese horror se desplegó en un cristo que iba al lado, con sus llagas y sus partes cubiertas. ¿Quién me aseguraba, si yo no las destapara, que no era una mujer?

129a. Si ese cristo fuera una mujer, quizás no sería mi madre la única que yo deseara amar.

129b. Pero insistían en llamarle “hijo del hombre” y eso me permitía seguir amando a mi madre como la única mujer de mi vida.

129c. Y me permitió, por otra parte, dejar sin solución la pregunta sobre qué sexo tenía yo.

129d. Pero ¿acaso es el sexo algo que se “tenga”?

129e. ¿No será más bien algo que se cae?

130. Durante semana santa, mi madre se puso muy enferma mientras yo recortaba, con un alfiler sobre una esponja, algunos recortes de revistas. Primero marcaba el perímetro de un cuerpo pinchando los puntos alrededor, uno tras otro, y al final separaba ese cuerpo de todo lo que le rodeaba. Luego coleccionaba esos cuerpos y los guardaba en una carpeta grande forrada con una pana muy finita. Si eran muy grandes, lo que sucedía a veces, los doblaba para que cupiesen.

131. El garbanzo no dio en nada. Tiré el vaso de yogur a la basura como quién abandona a un supuesto amigo:

132. con pragmatismo y sin rencor.

133. Pienso que jamás podré poseer a mi madre. La veo demasiado enferma como para poseerla. Claro que esto es una tontería. Yo no sé qué quiere decir “poseer”. Esa palabra sale alguna vez en la televisión pero yo no quiero conocerla. Me pincho el dedo con el alfiler. Me lo vuelvo a pinchar. Y me lo pincho una tercera vez. A la cuarta, no puedo con el dolor.

134. Pueden quitarme la vida, pero no la muerte.

135. Ni a mi madre.

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